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CLAMOR POR UN ESPIRITU RECTO, NOBLE Y
QUEBRANTADO Tras la trágica caída del rey David con Betsabé, éste, levantó una compungida oración de restauración de su espíritu. En esa oración pidió «un espíritu recto – un espíritu noble – un espíritu quebrantado».
«Y espíritu noble me sustente». David reconoció que había perdido aquel espíritu noble que le caracterizaba. El espíritu noble es aquel que es espontáneamente generoso, que se da voluntariamente, que impulsa lo bueno a su alrededor. David reconoció que pasó de un espíritu
noble a un espíritu egoísta, se sirvió a sí mismo con lo que le
pertenecía a otro, usó la propiedad ajena para saciar su propia carne.
Natán le recordó que había tomado lo ajeno sin necesidad «Y vino uno
de camino al hombre rico; y éste no quiso tomar de sus ovejas y de sus
vacas, para guisar para el caminante que había venido a él, sino que
tomó la oveja de aquel hombre pobre, y la preparó para aquel que había
venido a él.» (2º Samuel 12.4)
UN ESPIRITU QUEBRANTADO «Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.» (Salmos 51.17) El espíritu quebrantado es aquel que está en una condición de humillación, que está fracturado, partido, derribado. El espíritu quebrantado había sido sustituido por el espíritu de soberbia. David no se inmutó ante la muerte de Urías, su espíritu no se quebrantó al conocer la terrible noticia, al contrario, la recibió con alivio, porque así nadie lo cuestionaría. Dio el parte de guerra amparándose en la batalla como si lo que le había ocurrido a Urías hubiera sido un triste accidente. En su comunicado oficial, maquilló la cara horrenda del asesinato alevoso con el cosmético de la justificación, de las estadísticas, los índices de peligro, los daños colaterales, la pérdida irreparable de los hombres valientes que caen en el campo del honor. No hubiera dudado en darle a Urías la medalla del «purple heart» a título póstumo. Aquel David que se conmovía, lloraba, gemía, se quebrantaba ante la muerte de su peor enemigo, ahora es incapaz de llorar la muerte de su mejor amigo. Qué triste cuando se pierde el corazón realmente quebrantado, el espíritu que no se quebranta es un espíritu que no puede ofrecer sacrificio a Dios, por lo mismo no se acerca a Dios porque sabe que no será oído ni aceptado. Hay que pedirle a Dios el espíritu quebrantado que abre las puertas de la comunión y de la restauración. Su Pastor y amigo Alberto Ortega |